La confianza no exige resultados

Cierto es que la consecución de resultados genera confianza. Y también lo es que al entregar confianza hay expectativa de resultados. Pero la confianza como valor no sólo es resultado. Es mucho más. Confiamos en quien lo merece, y lo que tanto ha costado levantar no puede desvanecerse como un castillo de naipes ante el primer contratiempo. De ser así, ¿qué confianza sería esa?

Por eso, no pienso incurrir en errores pasados. Esta vez quiero dar testimonio de gratitud y expresar mi sentimiento y emoción antes, y con independencia, del resultado. No es que no me importe. Claro que deseo con toda mi vehemencia que la Selección se reponga y venza con claridad los próximos partidos. Claro que quiero que ganemos el Mundial.

Pero lo hagamos o no, yo estoy con nuestra Selección y con su entrenador. Son muchas las razones por las que podemos y debemos seguir confiando en quienes han sido y siguen siendo ejemplo de equipo y valores.

Una. Porque la confianza, en parte, sí depende de los resultados. Confiamos en quien cumple. Y nuestra Selección ha cumplido. Nos ha regalado los seis mejores años que nunca pudimos soñar. Jamás ninguna otra selección había logrado de manera consecutiva Eurocopa, Mundial y Eurocopa.

¿Retiraríamos nuestra confianza a un hijo con brillante expediente académico por suspender un día una asignatura? ¿Retiraríamos nuestra confianza a nuestro más valioso colaborador con impecable hoja de servicios por un error puntual? ¿Retiraríamos nuestra confianza a un escritor premio Nobel de Literatura por ser autor de un solo artículo mediocre?

Sería un grave error hacerlo. Y también una injusticia. Los resultados cosechados por nuestra Selección son extraordinariamente mayores que el traspiés del pasado viernes.

Dos. Porque la confianza es un valor, y no una sensación efímera. Se genera con esfuerzo y ejemplo. Y no podemos (o no debiéramos) permitir que un episodio puntual destruya en un solo golpe lo que tanto tiempo costó forjar.

El relato de nuestra mayor gloria, el Mundial que ganamos hace cuatro años, también se inició en su primera página con una derrota. Cierto es que no fue con igual resultado: entonces perdimos 0-1; ahora 1-5. Pero entonces caímos ante una débil Suiza, y ahora ante los subcampeones del Mundo.

En lo que tristemente sí coinciden ambas historias es en la virulencia de quienes alzan su voz contra la Selección. ¡Qué fácil es la crítica!

Tres. Porque la confianza, al igual que el optimismo, es rentable. ¿Alguien cree que hubiéramos conquistado la luna sin ciertas dosis de optimismo? ¿Habríamos sido capaces de descubrir América? ¿O de volar? Permítanme que lo dude.

Cierto es que de nada sirve el optimismo sin acción. Es hueco. Vacío. Farolillos y bambalinas en la noche, sin más futuro que morir al alba. Pero si algo nos han demostrado nuestros futbolistas es su capacidad de lucha. Podemos dudar del resultado, pero no de su entrega. Sobre el césped quedará la piel a tiras de los nuestros. Como tantas otras veces.

Además, la crítica sin alternativa es ruina. ¿Por qué lamentar ahora la ausencia de quienes no están en Brasil? No sirve de nada. Nuestro equipo es el que está allí, y no el que no está.

Cuatro. Porque el liderazgo cercano y transparente llega. Hablo de Vicente del Bosque. Nunca se esconde. Siempre da la cara. La confianza no consiste en tener todas las respuestas, pero sí en estar abierto a todas las preguntas.

En cada rueda de prensa, el entrenador se expone. Convoca a los medios aún sin estar obligado a ello, al tiempo que nadie percibe en él un afán de protagonismo. Es así porque expresa cercanía y humildad. Defiende a los suyos y explica cada una de sus decisiones y motivaciones. Lo hace con una normalidad extraordinaria. La que no exhibe ningún otro dirigente político ni empresarial.

No se da importancia, porque la cede al equipo. Hace y dice en servicio a los demás. Su liderazgo no es estridente. No hace ruido. Prefiere la calidez al espectáculo.

Cinco. Porque un líder debe ser modelo de valores. Hay quienes afirman que para entrenar una selección hace falta mando y mano dura, y no criterios morales. Pues yo opino que sí hacen falta.

Una selección nacional es mucho más que un equipo deportivo, y su líder es mucho más que un mando técnico. Así lo supo entender Nelson Mandela con los springboks, el equipo nacional de rugby que selló la unión de todos los sudafricanos.

Del Bosque es modelo de ética y compromiso. Hay puestos de especial relevancia y máxima exposición pública. Para mí, la capacitación técnica (por cierto, sobradamente contrastada) no basta.

Seis. Porque la autenticidad lo hace todo creíble, real y posible. La apariencia engaña y el glamour deslumbra, pero el tiempo es implacable y deja al descubierto la falsedad de una y otra.

Hay que ser auténtico para decir y hacer determinadas cosas. Es convincente el seleccionador cuando públicamente declara que no comparte la evasión de impuestos ni los paraísos fiscales. Sus mensajes tienen gran impacto, al igual que su compromiso con innumerables ONGs y proyectos humanitarios.

Del Bosque es capaz de emocionar a cientos de personas (doy fe porque yo era uno de ellos), cuando habla de su hijo Álvaro, con síndrome de Down, durante la ceremonia de los premios “Save the children”. O cuando lo sube al autobús de los campeones, con el permiso y el cariño de todos ellos.

Siete. Porque el mejor criterio es el de quien más conoce. España entera debate sobre la titularidad de Iker Casillas. Aplaudo que Del Bosque confiase en él cuando Mourinho no lo hizo. Sobre las motivaciones del portugués en aquel episodio y otros muchos, ya me referí en mi post “No es cuestión de resultados”.

Creo en los líderes que creen en su gente. ¿Acaso no es lo que reclamamos todos de nuestros superiores? Esa confianza no debe quebrarse salvo que se ponga en peligro el resultado global del equipo. Lo individual no se debe anteponer a lo colectivo. Y yo estoy convencido que Del Bosque nunca lo haría.

Puede que equivoque el diagnóstico del jugador, pero hasta la fecha ha sido el entrenador que mejor ha sabido hacer los cambios. Yo me fío de él. Si Iker juega, bien. Si no, también. Eso es confiar.

Ocho. Porque las capacidades se generan en el largo plazo. Sin embargo, los resultados puntuales pueden obedecer a otros muchos factores. La capacidad siempre influye, pero su peso relativo disminuye a medida que reducimos el plazo.

Aunque importa saberlo tirar bien, un penalti tiene más de lotería que una jugada de campo. También influye más la suerte en un campeonato corto de enfrentamiento directo que en un torneo de la regularidad como la Liga. Nuestros defensas centrales son solventes. Sergio Ramos ha culminado una temporada sublime. La capacidad es el sumatorio de conocimiento, experiencia y talento.

Quienes cuestionan la calidad de nuestra defensa, condicionan una trayectoria por un partido. Confunden lo estructural con lo coyuntural. Olvidan lo importante y se guían por lo urgente.

Nueve. Porque la derrota y la victoria son caras de la misma moneda. Hablamos de deporte. Gloria y fracaso se suceden de forma inexorable. Necesitamos tomar perspectiva.

Lo hace el periodista Ignacio Camacho al afirmar que “Iker se ha ganado de sobra el derecho a una mala noche”. Y también el resto de jugadores. Todos cometemos errores. Y cuando nos equivocamos, exigimos la oportunidad para enmendar el desatino. Esa oportunidad es un derecho inalienable.

Como contrapunto, anótese que las victorias rara vez son fruto del azar. Quien lo dude, que lea el libro “Por qué la roja funciona”, de Juan Carlos Cubeiro y Leonor Gallardo, cuyo subtitulo siempre despertó mi atención: “diccionario desordenado de un éxito que no es casualidad”.

Diez. Porque tenemos juego y estilo propio: personalidad. Hablamos de un atributo del ser. Nuestra Selección es fiel a sí misma. Se adapta en función del rival, pero no traiciona su manera de hacer fútbol.

Jugamos tal como queremos. Lo hacemos bonito. Con talento. Moviendo la pelota con pases cortos. Tiki-taka, tiki-taka. Hasta desesperar al rival. Entre líneas. En espacios mínimos. La pelota nos pertenece, hasta que Iniesta ve un pase allá donde nadie lo adivinó, y crea una realidad inimaginable. O mejor dicho, sólo por él imaginada.

Esta Selección no improvisa, ni se desdibuja cuando no queda tiempo. No incurre en la vulgaridad de los balones a la olla. España tiene estrategia. Y la ejecuta. Impone su juego.

Once. Porque no tenemos al mejor jugador del mundo. O sí. Pero no nos importa discutirlo. Sobretodo no les importa discutirlo a ellos. No sé si se podría decir lo mismo de Cristiano Ronaldo y Leo Messi.

Todos los medios les regalan los focos. Pero uno y otro sin sus compañeros habituales de club, no son tanto. Prefiero el talento de Iniesta a los músculos de Ronaldo. Es difícil entender que el balón de oro se haya olvidado una y otra vez de Xavi e Iniesta.

Pero el destino hizo irónica y precisa justicia: será un tipo sencillo y bajito de La Mancha quien pase a la Historia con el mejor balón posible: aquel con el que hizo gol en Sudáfrica y nos proclamó Campeones del Mundo.

Doce. Porque la amistad pone el acento en lo que une. Y no en lo que nos separa. La disgregación es un invento de políticos. Nuestra Selección se vertebra sobre sus dos capitanes: Casillas y Xavi. Madrileño y catalán.

Cuando sus clubes y los dos nacionalismos correlativos quisieron enfrentar a los jugadores, ellos supieron sobreponer su relación personal de amistad por encima del interés torticero, miope y egoísta de terceros. Esta lección de incalculable valor humano les mereció recibir el premio Príncipe de Asturias.

Hablar entre personas es mejor que hablar entre territorios. La entidad colectiva no debe aplastar identidades individuales.

Trece. Porque la bandera de España es la de todos. Y fue la Selección quien la rescató de esa nociva creencia que la percibe como icono de los “fachas”. Necesitamos normalizar sentimientos y símbolos.

Gracias a nuestra Selección, la bandera española es más nuestra. Más de todos. Salió sin complejo a las calles y balcones de todas las ciudades. Y fue enarbolada por personas de toda condición y credo político. Porque de todos es.

Las banderas, a veces, se convierten en símbolos de exclusión y enfrentamiento. La de España, en manos de nuestra Selección, es expresión de alegría. De unión. Es encuentro.

Catorce. Porque la afición se divierte y se emociona. Ver a los nuestros en un Mundial es ya un retrato costumbrista similar al de tomar las uvas, según la versión de Mecano: “entre gritos y pitos, los españolitos, enormes, bajitos, hacemos por una vez algo a la vez”.

¿Nadie ha recabado que la afición de la Selección es la más alegre e inclusiva de todas? En su seno no hay peñas ultras ni violencia. Sólo familias deseando festejar. Por eso, hace tiempo ya que el equipo que más me hace vibrar no es mi club de toda la vida, sino esta Selección llena de vitalidad.

Necesitamos celebrar más cosas juntos. Crear momentos mágicos que perduren en el recuerdo. Que aniden en el corazón de la memoria. Y en la memoria del corazón.

Quince. Por justicia y gratitud. Por todo lo que ya nos han dado. Esta generación de jugadores ha hecho Historia. ¿Por qué cerrar con reproches un capítulo tan bonito? ¿Por qué enterrar a los nuestros antes de tiempo?

A veces, nuestro país es cainita. Destrozamos héroes y hundimos a quien destaca. Devoramos sueños, proyectos y personas. Lo hacemos con una inmediatez y violencia que sorprende a propios y extraños. A mí, eso no me gusta. Quiero reivindicar otra forma de ser y estar.

Creo que un mundo mejor es posible. Los valores no sólo deben descansar en el íntimo hogar de la conciencia. También deben hablar a través de nuestros gestos y palabras. España es un país lleno de proyectos y personas en los que se puede confiar. La Selección y Vicente del Bosque son un ejemplo.

Confío en ellos. Y lo hago al margen del resultado. Quienes tanto nos han entregado, merecen nuestra gratitud. Ganen o pierdan.

 

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