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Llevo varios días estremecido ante el testimonio de quienes arriesgan su vida por entregarla en favor de los demás. El ébola no distingue entre blancos y negros. Infecta por igual a enfermos y médicos. Y también llevo días estupefacto por la controversia que ha despertado la repatriación de dos de nuestros misioneros, el padre Miguel Pajares y la hermana Juliana Bohi.

¿Cómo puede ponerse en cuestión semejante decisión? En el descanso estival me impongo una desconexión casi total de noticias y opinión. No deja de ser una actitud cómoda, burguesa y occidental. La mayoría de personas en el mundo no pueden permitirse paréntesis como el que yo pretendo. No se lo permiten ni el hambre, ni la miseria, ni la guerra, ni el desempleo, ni el ébola… Y a otros muchos, a los que admiro, no se lo permite el sufrimiento de los unos.

Valores_ISAVIA2Aplaudir su gesto primero y luego, cuando se infectan y nos necesitan, abandonarlos a su suerte es un sarcasmo. Rompo mi capsula vacacional para hacer público un gesto de solidaridad y apoyo, aunque lo que hago, nada es en comparación con el medio siglo que el Padre Miguel ha entregado a favor de sus hermanos africanos, con los que no comparte ni religión ni raza.

Hay quienes se oponen al retorno de nuestros misioneros, como los que no dejan ocasión alguna para criticar al gobierno. Para ellos, todo es política. Sean de un color u otro, su mundo es monocolor. Monótono. Aburrido. Pobre. Paupérrimo. Tanto, que no merecen más tiempo ni espacio.

Otros lo hacen porque temen al contagio. Su postura es humana. Comprensible. Pero también cobarde. Es obvio que la cercanía, sentida como amenaza directa, lo explica todo. Pero dada la evolución de los tiempos y el supuesto desarrollo de las sociedades, podrían esperarse respuestas menos primarias, en las que la emoción básica del miedo deje lugar a valores más trascedentes como la solidaridad, la justicia o la gratitud. Porque en virtud de cualquiera de ellas puede apoyarse el gesto humanitario de España con sus misioneros.

No creo que la mayoría social sea insolidaria, ni afirmo que muchos sean indiferentes ante las noticias del ébola. Se trata más bien de un estado de asepsia moral que niega lo que le es incómodo y rechaza inconscientemente todo lo que le causa dolor. Negar el mundo de las emociones cuando nos hace daño, no evita sufrir sus consecuencias. Querer mantener lejos el ébola no lo hace más pequeño ni menos peligroso. Es más, esta epidemia, y tantas otras no menos cruentas como la malaria, sólo disminuirán cuando el mundo occidental tome conciencia de su magnitud.

El padre Miguel y la hermana Juliana son dos símbolos que nos han despertado a una realidad que existe aunque no queramos reconocerla. Su ejemplo nos permite tomar consciencia del problema como paso previo y necesario para integrar conciencia. Porque en el fondo inconsciente de quienes desean mantener encapsulado el ébola en el centro de África, hay una actitud que niega sentimientos. Hay una sensibilidad inerte ante el sufrimiento. Hay corazones con la puerta cerrada de la que cuelga un cartel con la leyenda “no molesten, por favor”.

Ojos que no ven, corazón que no siente. Problema resuelto. O negado, que no es lo mismo, pero es igual. Eso es algo mucho más sencillo que valorar la confianza (la mía es total) en nuestro sistema sanitario, que no hubiera consentido una decisión política si supusiera un riesgo epidemiológico cierto y considerable.

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En la era audiovisual, la llegada del padre Miguel y la hermana Juliana introduce muchos temas en el foco de atención: la investigación médica, la financiación de grandes organizaciones humanitarias, la distribución de la ayuda, la intromisión de los gobiernos locales, el apagón informativo sobre tragedias y calamidades que no atraen audiencias millonarias…

El mundo opulento y rico prefiere ignorar lo que pasa en el resto del planeta, condenado a morir entre los señores de la guerra y el zarpazo del hambre. Hablamos, en definitiva, de la injusta e inequitativa distribución de la riqueza mundial.

Aterricemos de nuevo en el debate sobre la concreta repatriación de dos personas y su oportunidad. No son pocos los que se preguntan qué hay detrás de tanto ruido mediático. Pero lo que a mi me preocupa no es el ruido mediático, sino el silencio del olvido. Ojalá estos símbolos sepan mantener la tensión informativa, ojalá puedan vencer su lucha contra la muerte, y ojalá alcen con fuerza su voz para reclamarnos para otros la ayuda que a ellos sí les hemos concedido. Eso es lo que importa.

Otra cuestión es el coste de la repatriación. Nos afanamos con dureza en enjuiciar ciertos gastos, al tiempo que tenemos una extraordinaria laxitud con otros muchos. Al hablar de gasto, es preciso valorar su proporcionalidad. Los beneficios, económicos y sobretodo morales, que genera la repatriación de nuestros misioneros superan con creces su coste, inferior por otra parte al generado por el despliegue policial de cualquier fin de semana ante un partido de fútbol de alto riesgo.

¿De qué estamos hablando? Parece que hubiéramos perdido el sentido común. Hay incluso quienes llegan más lejos, y denuncian que el Padre Miguel nunca cotizó a la Seguridad Social. Ruin y mezquino. El Padre Miguel y la herma Juliana son de los nuestros. Y también el resto de su comunidad. Me da lo mismo que hablemos de una orden religiosa o de una ONG. Son personas que han entregado su vida en favor de los demás.Para mi no es generosidad, sino justicia, la motivación que nos debe impulsar.

Un país no debe abandonar a sus hijos. Por eso, comparto el tweet de Elena Gómez Pozuelo @gomezdelpozuelo  en el que difundía la noticia confesando que “esto me hace sentirme orgullosa de ser española”. A mi también, porque esa es la España y la sociedad en la que yo creo: sociedades que se abren, y no que se cierran. Creo en una España sin fronteras, y no la que se ahoga en la miseria de lo local. Creo en gente con valores, y no en proyectos exclusivamente mercantiles. Creo en la emoción de la confianza y no en la del miedo.

No debemos tener miedo al contagio. Dejemos ese espacio emocional libre para contaminarnos de testimonios de vida como los de nuestros cooperantes y misioneros. Porque de entre todas las Españas posibles, es la España misionera, mínima y sublime, la que reúne lo mejor de todos nosotros.

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